Cuando los valores se vuelven promesas activas
- Camilo Ramirez

- hace 4 horas
- 6 Min. de lectura

Hay letreros que te muestran la salida de emergencia... Y hay otros que señalan que tú no tienes que quedarte donde no te sientes tranquila.
Hace unos días vi este aviso en el baño de un pub y no les voy a negar que se me aguó el ojo. Era más que un letrero bonito: era una promesa activa de protección.
La verdad, afortunadamente nunca me he sentido en ese nivel de vulnerabilidad. Nunca he tenido que salir corriendo a pedir ayuda. Pero ver que existe un código, una frase clave, una manera discreta de decir "no estoy bien, necesito que alguien me cuide"… me movió fibras muy profundas.
El momento que lo cambia todo
Porque no se trata solo de un letrero bonito. Se trata de reconocer que hay personas que sí se han sentido incómodas, acosadas o en riesgo, y que un espacio decidió pasar de "eso aquí no pasa" a "si pasa, no estás sola".
Ese letrero representaba algo que rara vez vemos: una empresa que anticipó un problema que preferiríamos ignorar. Que invirtió tiempo, recursos y energía en crear un sistema para algo que "ojalá nunca pase". Que entrenó a su personal no solo para servir cervezas, sino para ser un refugio cuando alguien lo necesite.
Como emprendedora, he visto cientos de misiones y valores empresariales enmarcados en oficinas elegantes. Frases inspiradoras sobre "poner al cliente primero" o "crear un mundo mejor". Declaraciones que suenan hermosas en las juntas directivas pero que se desvanecen cuando llega el momento de implementarlas.
Pero este letrero era diferente. No era marketing. Era una promesa tangible, con consecuencias reales. Era la diferencia entre decir "nos importas" y demostrar "estamos aquí para ti, incluso en tu peor momento".
Era una empresa que había tomado la decisión consciente de asumir responsabilidad más allá de su producto. Que entendió que su espacio no existe en un vacío, sino que forma parte de la experiencia de vida de sus clientes. Y que esa experiencia incluye tanto los momentos de celebración como los de vulnerabilidad.
Eso es liderazgo empresarial real. No el que aparece en los reportes anuales, sino el que se vive en los detalles que nadie aplaude pero que todos recuerdan.
La diferencia entre decir y ser
En el mundo de la tecnología y las comunicaciones, donde construimos productos que impactan la vida de miles de personas, he aprendido que la diferencia entre una empresa que perdura y una que desaparece no está en lo que dice, sino en lo que hace cuando nadie está mirando.
He visto startups con pitch decks perfectos que prometen revolucionar industrias, pero que toman atajos en la privacidad de datos porque "nadie se va a dar cuenta". He visto empresas que hablan de diversidad e inclusión en sus comunicados de prensa, pero que en sus procesos de contratación siguen reproduciendo los mismos sesgos de siempre.
También he visto lo contrario: equipos que dedican horas extra a hacer que su producto sea accesible para personas con discapacidades, aunque eso represente solo el 2% de su mercado. Empresas que rechazan clientes lucrativos porque sus prácticas no se alinean con sus valores. Líderes que toman decisiones costosas porque saben que es lo correcto, no lo rentable.
Eso es una empresa con valores claros. Que entiende que la seguridad no es un cartel bonito, sino una promesa activa. Que sabe que la confianza se construye en miles de micro-decisiones diarias: cómo manejas los datos de tus usuarios, cómo tratas a tu equipo cuando están bajo presión, qué haces cuando descubres un error que podrías ocultar.
Las empresas que duran no hacen cosas "porque toca". Las hacen porque se lo creen de verdad, creen que pueden tener un impacto. Entienden que cada línea de código, cada política interna, cada interacción con un cliente es una oportunidad de demostrar quiénes son realmente.
Y aquí está la paradoja: mientras más auténtica es una empresa, más rentable se vuelve a largo plazo. Porque la autenticidad genera confianza, y la confianza es el activo más valioso en cualquier industria.
El costo de la autenticidad
Implementar valores reales cuesta. Y no hablo solo de dinero, aunque eso también. Ese pub probablemente tuvo que entrenar a su personal, crear protocolos, tal vez perder algunos clientes que no estaban de acuerdo con su postura. Pero eligieron hacerlo igual.
Lo que más cuesta es enfrentar los dilemas éticos que surgen cuando tus valores chocan con la realidad del negocio. ¿Qué haces cuando tu cliente más importante te pide algo que va contra tus principios? ¿Cómo manejas la presión de inversionistas que priorizan el crecimiento rápido sobre la sostenibilidad? ¿Qué decides cuando hacer lo correcto significa perder una oportunidad millonaria?
En Navigamo hemos enfrentado decisiones similares. Momentos donde podríamos tomar el camino fácil o mantener nuestros principios, aunque sea más complejo. Hemos rechazado proyectos lucrativos porque no se alineaban con nuestra visión. Hemos invertido en procesos que no generan ingresos inmediatos pero que sabemos son correctos a largo plazo.
Aquí es donde muchas empresas nuevas fallan: creen que pueden definir sus valores sobre la marcha, o que los valores son algo que se puede postergar hasta "cuando tengamos más recursos". La realidad es que los valores se definen en las decisiones difíciles, no en las fáciles. Y por eso es crucial tener desde el inicio un equipo de recursos humanos que ayude a cristalizar esos valores, a convertirlos en políticas concretas, y a asegurar que cada contratación refuerce la cultura que quieres construir.
Cada vez que elegimos lo segundo, no solo fortalecemos nuestra cultura interna, sino que construimos confianza real con nuestros clientes. Porque ellos ven que nuestras decisiones son consistentes, predecibles, auténticas.
El efecto dominó de la coherencia
Porque cuando una empresa se cree su propio discurso, la gente lo siente. Y se queda. Y compra. Y recomienda.
Pero llegar a ese punto no es automático. Muchas empresas confunden tener valores escritos en la pared con vivir esos valores. La coherencia requiere sistemas, procesos, y sobre todo, personas que entiendan que cada interacción es una oportunidad de demostrar quiénes somos.
Los clientes de hoy no solo compran productos o servicios. Compran la historia detrás, los valores que representas, la promesa de que cuando necesiten apoyo, estarás ahí. No con un eslogan bonito, sino con acciones concretas. Compran la tranquilidad de saber que la empresa con la que hacen negocios toma decisiones que ellos también tomarían.
Y cuando logras esa conexión, el efecto es exponencial. Un cliente satisfecho no solo regresa, se convierte en embajador. Un empleado alineado con tus valores no solo trabaja, se compromete. Un proveedor que confía en tu integridad no solo cumple contratos, construye alianzas duraderas.
La pregunta que deberías hacerte
¿Qué valores tiene tu empresa? ¿Los pones en letreros… o los vives en los detalles?
Esta no es una pregunta retórica. Es una auditoría honesta que todo líder empresarial debería hacer regularmente. Porque es fácil decir que valoras la transparencia hasta que tienes que admitir un error costoso. Es fácil hablar de respeto hasta que tienes que despedir a alguien. Es fácil proclamar innovación hasta que tienes que invertir en algo incierto.
Los valores se prueban en los pequeños momentos donde nadie te está evaluando. En las decisiones difíciles donde hacer lo correcto cuesta más. En los protocolos que implementas no porque te obliguen, sino porque crees que importan. En cómo tratas a la persona que limpia tu oficina versus cómo tratas a tu cliente más importante.
Y aquí es donde el rol de recursos humanos se vuelve estratégico, no operativo. No se trata solo de contratar gente, sino de asegurar que cada persona que entra a tu empresa entiende y vive esos valores. De crear sistemas de evaluación que premien la coherencia, no solo los resultados. De diseñar procesos que hagan que hacer lo correcto sea también lo más fácil.
Esos detalles son los que construyen empresas que trascienden. Que generan lealtad real. Que cambian industrias. Porque al final, las empresas no compiten solo con productos, compiten con propósitos.
Un brindis por la autenticidad
Y la próxima vez que quieran tomarse una cerveza, comer algo o hacer un día de trabajo en un lugar diferente, vayan a Hanna Hops. No solo por su ambiente o su comida, sino porque eligieron ser el tipo de empresa que todos deberíamos aspirar a ser.
Una que entendió que los valores no son decoración de pared, sino decisiones diarias. Que invirtió en crear un espacio donde sus valores se viven, no solo se exhiben. Que tomó la responsabilidad de ser parte de la solución, no solo un negocio que funciona.
Una que no solo habla de valores, sino que los vive en cada detalle. Y que nos recuerda que al final del día, las empresas más exitosas no son las que venden más, sino las que construyen un mundo en el que todos querríamos vivir.
Porque al final, los mejores letreros no son los que cuelgas en la pared, sino los que vives cada día.






















